EMIGRACION. INMIGRACION. HUIDA.
LA GRAN FUGA
Miles de alemanes celebran la caída del muro de Berlín, Muro que zigzagueaba por 155 kilómetros en torno a Berlín Occidental, un enclave capitalista en las profundidades de Alemania Oriental y que la dividió desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989.
La mayoría de europeos que teníamos uso de razón esos años, asistimos angustiados a las imágenes de los que perdían la vida tiroteados en su intento de escapar de aquella Alemania Oriental.
Hoy asistimos al espectáculo de los que pierden la vida cruzando a nado el Rio Grande o el mar en pateras, huyendo de la pobreza. Otros que por distintas vías dejan atrás familia, costumbres y paisajes conocidos para buscar en otras tierras un bienestar soñado.
Es el siglo de los grandes movimientos migratorios. Pocos son los que residen en su lugar de nacimiento; y movilidad y promoción social ya van inexorablemente unidas.
Uno de los fenómenos asociados a la globalización es la multietnicidad, es decir, la convivencia en un mismo territorio o ciudad de personas procedentes de diversas áreas del mundo. No es una novedad, sabemos que en todas las grandes ciudades y los grandes imperios de la antigüedad convivían personas procedentes de lugares muy alejados entre sí. Pero si los fenómenos migratorios no son nada nuevo, en estos momentos se están produciendo con una intensidad y generalidad sin parangón en la historia.
Ya he hablado en otros artículos de los grandes conflictos que se originan en los países receptores, cuando no están preparados para absorber esa masa de población y de los grandes problemas sociales que generan unas medidas políticas encaminadas a la consecución de compra de votos.
Hoy voy a hablar de la parte humana de todos los que se deciden a cambiar de lugar o situación. Estamos en el siglo de la gran evasión. Queremos huir de todas las situaciones, ya sean de tragedia o de simple incomodidad que van llenando de hiel el vivir diario.
¿POR QUÉ QUEREMOS FUGARNOS?
Las imposiciones se convierten en parte de lo que somos. Nuestro ADN incluye el avance de nuestras capacidades. Nos sentimos condenados por lo aprendido. Y hemos aprendido a no soportar injusticias ni situaciones difíciles, por lo tanto todos estamos obligados por "herencia" a fugarnos.
No es frivolidad comparar unas situaciones con otras porque dentro del ser humano, la sensibilidad ante el "mal vivir" es personal y solo valorable por el que la padece, por eso voy a hablar de los que desean huir de situaciones difíciles: del matrimonio a la soltería, de la soledad al matrimonio, del jefe déspota al ocio, del paro al trabajo, de la ciudad al campo, de lo rural a lo urbano, del pleito al acuerdo, de la vejación al respeto, del País Vasco a Benidorm...
Sí, repito estamos en el siglo de la gran fuga, pero no se prepara una fuga en un segundo. Si vemos películas de cárceles, desde que nos posicionamos ante el problema, sabemos que la idea es salir de ahí, aunque sea excavando un túnel con nuestras propias uñas.
Los métodos de fuga son variados, pero todos ellos requieren de un arma esencial, la paciencia. La necesidad de fugarse puede ser constante y urgente, pero el trabajo de fugarse lleva tiempo, y hay que estar preparado a aceptar contrariedades, sin dejar que estas nos impidan dejar de mirar a la luz que creemos vislumbrar al final del túnel. En esa empresa, nada nos protege mejor que disimular nuestras verdaderas intenciones. En situaciones carcelarias tenemos que ser taimados con el enemigo que puede ser (produciendo parámetros parecidos): el Estado totalitario, la Iglesia, la sociedad libre, o la familia.
La idea de fugarse de donde sea, puede ser tentadora, pero hay que analizar con cuidado la estrategia de la huida y conocer de antemano que hay al otro lado del túnel: existe el peligro que nuestro imaginado hermoso futuro, sea idéntico o muy parecido al encierro.
Mis mejores deseos a todos los que intentan fugarse.
MARÍA ISABEL PERAL DEL VALLE




fenicia dijo
Muy buen post y me alegro de volverte a leer
kisses
16 Noviembre 2009 | 11:43 AM